- Es de adelante, ¿no?- Grite al cuatro nuestro, casi en una pregunta retórica.
-No vale, quedate que es de adelante- Se alzó su respuesta entre los empujones cerca del área.
Los sábados a la tarde la rutina estaba establecida desde la mañana temprano. Se trataba de desayunar algo livianito, cereales generalmente, y hacer algo de tiempo hasta que llegaran los fideos a la una del medio día. Con el paso de los años se iba cambiando el turno del encuentro pero en esta ocasión se trataba del tercero.
De igual modo la gracia era empezar con los papelitos, saltos y cantos desde la categoría más chica, ver a los grandes y en el segundo tiempo ir al gimnasio de arriba a hacer la entrada en calor. Todo esto, no sin antes dedicarle unos cuantos minutos al vendaje (que requería de todo un arte para que no se formaran pliegos y se pudiera atar con la misma venda) y calzar las canilleras Reusch con tobilleras debajo de las apretadas y largas medias.
Hasta el momento de entrar al vestuario todo lo demás era una especie de distracción para congelar los nervios. Pero una vez que me sentaba al costado de las duchas, los nervios se iban, las manos se me agrandaban cincuenta centímetros, crecía y mis saltos se detenían en el espacio.
Jorge entraba al vestuario a las puteadas, generalmente gritaba "A este club le falta humildad, asi no vamo´a ganar nada, a este clu´ le falta humildá´". Daba unos cuantos gritos a los pibes que venían de perder el partido anterior y empezaba a descargarsela con la 86, que era la única categoría que le daba a don Jorge "Babilonia" Troncoso alguna alegría.
Después de los gritos de Jorge salíamos a la cancha como fieras. Golpeábamos la puerta de nuestro vestuario con toda la fuerza, sólo para amedrentar a los visitantes que estaban en el vestuario de junto, y otra vez en la puerta que daba a la cancha con una patada corta y certera destacábamos nuestra hombría. Paso con derecha, paso con derecha, paso con derecha y correr hasta la mitad de la cancha para, ahí si, levantar los brazos y saludar a toda la tribuna, que generalmente eran nuestros viejos más alguno que le gustaba ver el tiki tiki de la 86. Ese era nuestro momento más profesional, esa salida a la cancha como si fuéramos de la primera de River y en el monumental nos convertía en verdaderos players.
Sacarse el guante derecho y estampar el Joaquín con el número 1 en la planilla y firmar abajo de todo donde dice capitán. Siempre quise tener una cinta de capitán pero no se por qué en el club no había. De hecho yo sabía que la función del capitán, y creía que era la única, era elegir seca y esperar a ganar el sorteo para elegir el arco que daba a la tribuna local.
Solo restaba esperar a la pregunta del árbitro "¿Arquero?" paradito afuera del área. Levantar el pulgar y, al ver moverse la pelota, meterme al área. Esa acción era la última dentro de la rutina del sábado, después de eso la vida cambiaría hasta el próximo sábado en donde me despertaría, desayunaría cereales y esperaría sin apuro a los fideos.
Sin embargo, esa fecha con Leopardi se destacó por una jugada. Cerca del final del primer tiempo, falta en la mitad de la cancha para Leopardi.
- Es de adelante, ¿no?- Grite al cuatro nuestro, casi en una pregunta retórica.
-No vale, quedate que es de adelante- Se alzó su respuesta entre los empujones cerca del área.
El árbitro dispuso los cuatro pasos de distancia para la barrera. Yo desconfiaba de mi vista y volví a preguntar:
- ¿No vale, no? es de adelante...-pero esta vez no recibí respuesta de nadie más que el silbatazo del árbitro que me retumbó justo arriba del ombligo, donde explotan los nervios.
Por el costado del 9 nuestro que estaba en la barrera vi venir la pelota. La vi acercarse. Por dentro me pregunté más de diez veces en los dos segundos de recorrido del balón "Es de adelante, ¿no? entonces no vale". Cuando la pelota se metía al arco resolví agacharme y dejarla pasar, no iba a ser cosa de que por mi culpa convirtiera en indirecto un tiro directo que debía ser indirecto para que valiese.
La red se infló a mis tranquilas espaldas. Efectivamente, nadie había tocado el balón y remate de tiro libre delante de la mitad de cancha era indirecto. Sin embargo, los sonidos que siguieron fueron los más tristes de mi infancia: primero silbatazo del árbitro mientras sus manos señalaban la mitad de cancha, segundo la hinchada de ellos gritando gol, tercero, y tal vez el más terrible, el grito de Jorge mientras se levantaba del banco de suplentes y corría hasta mi arco con un "Joaquín la puta que te parió" a viva voz.
A veces pienso que jugar a la pelota me marcó la personalidad. Definitivamente creo que esa tarde aprendí a no llorar por pavadas y maduré de golpe, con solo 8 años ya era un hombre precoz. Cuando uno es delantero y se manda una cagada es un gol que se erra y listo. Si sos arquero un error tuyo carga en la conciencia con haberle fallado a los cinco titulares, los tres suplentes, a Jorge y a todos los padres en la tribuna. Se siente algo muy parecido al abandono amoroso. Tal vez peor.
Atine a levantarme apenas las medias y quedarme mirando boca abajo mientras de al lado del arco Jorge gritaba "25 años de baby fulbo nene y no sabes que los tiros libres de atrás son directos, por Dió´ y la virgen, por Dió´ y la virgen, si te pongo al arco es para que las atajes no para que las dejes pasar, a este pibe lo tengo que matar, es que a este clu´ le falta humildá´, a este clú´ le falta humildá´.
Los insultos siguieron durante el entretiempo porque, como era lógico para una jugada así, a los pocos segundos había terminado el primer tiempo. Nadie se animaba a decir nada, todos escuchaban con atención los gritos de Jorge para conmigo. Algunas puteadas creo que las aprendí esa misma tarde.
Entré a la cancha con un sentimiento de entre bronca y tristeza. Bronca porque quería taparle la boca a Jorge, tristeza porque todo lo que decía era cierto y entrabamos al vestuario perdiendo por la mínima por mi culpa.
Pero el fútbol da revancha. A los pocos segundos pude oir los sonidos más hermosos. Primero el del botín de mi pie zurdo golpeando con toda bronca el cuero de la número tres de pique y medio. Bronca, solo le di con bronca, sin dirección, sin atino a nada, sólo bronca. Segundo, el sonido de la red abrazando con cada hilo a la pelota recién golpeada por mí. Tercero, mi voz de contratenor, agitada por haber corrido unos metros hasta el banco, gritando: Goooool para vos Jorge ¡LA RE CONCHA DE TU MADRE!








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