lunes 9 de mayo de 2011

El encuentro

El olor al tiempo es una mezcla de aromas a arena, relojes y un dejo de perfume de muerte. No se siente seguido, pero provoca casi la misma sensación de tristeza que el olor a agua. El olor del tiempo es una leve fragancia amarilla, pero casi azul. Cuando lo sentimos, un espacio vacío se apodera del oledor. Quizás usted no me lo crea, pero ese tarde de mayo yo sentí claramente el olor del tiempo mientras ingresaba al subte. Y por más de que no lo había sentido nunca lo reconocí de inmediato. Es sutil pero creo que cualquiera podría reconocerlo.



Buenos Aires estaba ruidosa, pero más ruidosa que nunca. Como si las voces de las personas, los pasos de las mujeres en tacos, los golpes de los bombos y los crujidos de los autos tuvieran un eco particular. Los quioscos, las escaleras, los carteles, giraban a mi alrededor. Era como una música hipnótica que aturdía y mareaba. 

Estaba entrando al subte, más precisamente al borde de la escalera mecánica, cuando algo me cacheteó casi frenándome. Sentí como una especie de punzadas en la nuca. Algo en la atmósfera se sentía diferente, enrarecido. Se sentía como una pequeña modificación, tal vez en la distancia de las cosas, o en su profundidad. Un leve bajón de tensión en la luz, un ralentar de la escalera mecánica, apenas imperceptible, como un tempo rubatto, pero no de las sonatas de Beethoven, sino como a la vida misma.

Inmediatamente después, vino el olor. Como si fuera una bocanada de humo que salía de cualquiera de los coches. Como si del malón, de ese enjambre de cabezas unidas como un monstruo que ocupa todo el andén, saliera una gran ráfaga de aliento a tiempo. Fue sólo un instante y después todo volvió a la normalidad pero el fuerte olor a tiempo me mantuvo intranquilo durante un largo rato. 

El coche tardó en llegar, pero no me pareció raro porque siempre hay problemas con el subte. Una vez que entré pude sentarme y acomodarme tranquilamente. Saqué mi libro de la mochila y me dispuse a leer a Ray Bradbury como lo venía haciendo en los últimos viajes. Dos líneas de lectura y ya estaba yo en marte en agosto del 2002. 

Sin embargo, el sonido de mi celular me hizo volver al mundo del subte. Manotié desesperadamente para alcanzar mi teléfono en el bolsillo. La canción "Girl" de los beatles era señal de que mi novia estaba al teléfono. Mas la sorpresa llegó cuando noté que alguien atendía detrás de mi asiento un teléfono. No sólo lo atendía, sino que decía: "Hola amor, ¿Cómo estás?". Por lo tanto, alguien usaba el mismo ringtone que yo para atender a la que era, también, su novia.

El viaje pasó quizás más rápido que de costumbre, pero en ese momento no había entrado en el detalle. Volví a subir a la escalera mecánica pero esta vez para volver al nivel del mar. Subiendo la escalera y mandando un mensaje de texto vi que la persona que subía al lado mío hacía lo mismo en un teléfono exactamente igual al mío. Era un nokia x3 con los bordes en rojo. Tenía la pantalla negra con vivos en rojo que giraban como cintas en el fondo de pantalla. Sin dudas, era él quien debía tener el ringtone igual que el mío. ¿De que otra forma se justificaría? 

Levanté la cabeza. El olor a tiempo fue más intenso. Y entonces me vi. Me vi al lado mío, mandando un mensaje, subiendo la escalera si darme cuenta que yo me tenía al lado. Me quedé mirándome, viendo como no me percibía, como no me daba cuenta de lo que había pasado. Me quedé atónito viendo como mandaba el texto y como cerraba la tapa del celular apretándola contra el costado del muslo.

Era evidente el desequilibrio en el tiempo, pero ¿Quién era el yo de ayer? ¿Quién, el de hoy? Dos tiempos diferentes pero la imposibilidad de distinguir cual de los dos era anterior al otro. Ante cualquier falta de referencia, todo tiempo es relativo. Sin darme cuenta, me empecé a seguir. Comencé a buscar un detalle que develara algo del tiempo.

Casi sin quererlo me di cuenta de ese detalle que buscaba. La mirada. Algo tan cotidiano como la mirada. Me vi caminar con una leve mirada de nostalgia y me di cuenta que era el yo de ayer. No me hizo falta nada más para comprender que ese que iba ahí era alguien que hoy ya no soy. Y miré mi reflejo de hoy en el celular ya oscuro que llevaba ayer en la mano y me vi con la alegría de éstos días, con el gozo del placer venidero. Y ya no quise seguirme, me dio miedo no dejar irse a ese hombre triste, que siguiera su camino a casa.


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