viernes 3 de junio de 2011

El casino

Muy poca literatura se ha realizado acerca de uno de los lugares más enigmáticos del mundo. Quizás porque las calles del barrio de Parque Chacabuco no son tan luminosas como las de las vegas, o porque la popularidad del barrio encantado no es la de las grandes localidades del mundo, o seguramente, para mantener en secreto este lugar de maldad y oscuridad.


Se trata del casino secreto “Negro el siete” ubicado en alguna de las calles que cruzan el parque. La ubicación del casino, de por sí, es bastante imprecisa. No sólo porque un corredor de neblina surca las calles más cercanas al parque, sino también porque, según atestiguan algunas voces, el casino tiene la propiedad de trasladarse no solo en el espacio, sino también en el tiempo.

Al parecer, la ruleta central del casino es una especie de rueda de mecánica temporal. Cada vez que algún jugador se sienta en esa mesa, y el crupier hace girar la rueda, se produce un desplazamiento en el tiempo. Seguramente, por este motivo, ninguno de los jugadores que ha encontrado el lugar ha podido salir jamás.

El ambiente es tenebroso y sombrío. Suele afirmarse que quines empiezan un juego están condenados a no dejarlo jamás. Las cartas no tienen ases, lo que genera que con cualquier mano se pierda; los dados son triangulares, por lo que nunca puede sumarse siete; las máquinas tragamonedas son igual que las de todas partes, por lo que nunca se gana un centavo; y las ruletas suelen tener imanes para llevar la bola a un punto determinado.

Según una información que se ha filtrado, el conde Motul es su apostador más legendario. Favorecido por los viajes en el tiempo, Motul lleva siglos jugando. En la mesa que haga la apuesta, Motul juega todo a rojo; y en la mesa que arriesgue, sale negro. Las autoridades del casino, apenadas por la mala suerte de Motul, lo han invitado a retirarse varias veces. Motul, obstinado, insiste en quedarse y en seguir detrás de una imposible, como alguna vez recomendó seguir un negro rosarino.

Alejandro Molina, uno de los pocos literatos de los que se ha encontrado referencia escrita del casino, afirma que el lugar cuenta con un balcón para que se suiciden los que pierden en la ruleta. Molina narra también que hay una cigarrera que se ofrece a guardar las fichas de los ganadores en su escote. Nadie, afirma Molina, ha visto jamás a una mujer tan afortunada.

Hay, según parece, una ruleta en la que todos los números son el 17. Sabido es que la desgracia lleva ese número y que casi nadie quiere apostarle. Sin embargo, por alguna razón, cuando alguien apuesta en esa mesa, sale el 18, Esa es, seguramente, la verdadera desgracia.

Quizás el casino, realmente, este en algún lugar secreto. Aunque tal vez, y sólo tal vez, el casino sea una metáfora. Quizás juguemos siempre sin ases y con dados triangulares, quizás siempre juguemos a negro y salga rojo, tal vez el azar no nos favorezca en ninguna de todas nuestras jugadas. Posiblemente quienes empiezan este juego, no puedan dejarlo nunca. Quizás, también, los que triunfen sean como el conde Motul, que no se resiste en luchar tras una imposible y que no se entregua al azar sino a sus convicciones.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada